La guerra de EE.UU. e Israel contra Irán, ahora en su día 25, está generando un beneficiario que no lanzó ningún misil ni firmó ninguna alianza: Rusia. Mientras la atención occidental se fija en Teherán y Tel Aviv, el Kremlin recoge silenciosamente una combinación de ganancias financieras inesperadas, cobertura diplomática y distracción estratégica que podría reconfigurar el equilibrio de la guerra en Ucrania — y la trayectoria de los mercados energéticos mundiales durante los próximos años.
El diario japonés Asahi Shimbun publicó un análisis el 24 de marzo de 2026 en el que identificaba a Rusia como "el principal beneficiario geopolítico" del conflicto entre EE.UU. e Israel con Irán, citando tres ventajas que se refuerzan mutuamente. La primera y más inmediata: los ingresos petroleros. Rusia es el segundo mayor exportador de petróleo del mundo. Con el Brent por encima de los 104 dólares por barril — frente a un nivel previo al conflicto de aproximadamente 72 dólares — Rusia está obteniendo un estimado de 300 a 400 millones de dólares adicionales por día en ingresos de hidrocarburos con respecto a su línea de base previa a la guerra, según estimaciones de la Escuela de Economía de Kiev. Esa cifra se aproxima al costo diario de las operaciones militares de Rusia en Ucrania, compensando parcialmente la presión fiscal impuesta por las sanciones occidentales.
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